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21 agosto 2020

Lady Mary Wortley Montagu. Sobre relatos de viajes, virus y vacunas



Releo las “Cartas desde Estambul” de la mujer que, con marcas en la cara y sin pestañas, tras sufrir en 1715 el mal que mataba a un porcentaje amplio de la población en Europa, o les dejaba profundas marcas, ceguera u otros daños orgánicos de por vida, observó y divulgó la práctica de la inoculación del virus como medida de prevención de la viruela. Apenas reconocida, murió un día como hoy, 21 de agosto, en 1762. 

Lady Mary Montagu, aristócrata inglesa nacida en 1689, disfruta, como era habitual en las mujeres de clases altas, de una cuidada educación: literatura, lenguas clásicas, música, avances de la nueva ciencia… con el objetivo de convertirse en mujeres bien casadas, capaces de amenizar una buena reunión y guiar la educación de los hijos. Pero Lady Mary no acepta el destino trazado para ella por su padre y en 1712 huye con su amado Edward Wortley Montagu, con quien se casa.  Cercano a la corte, permite a Lady Mary acceder a los círculos sociales y culturales de Londres, amiga de miembros de la realeza como la princesa de Gales, el afamado traductor de Homero, Alexander Pope, y otros destacados miembros de las sociedades científicas y literarias, en las que es reconocida por su erudición y carácter crítico. Wortley es nombrado embajador en la corte del entonces imperio otomano y viaja con su familia hasta la lejana ciudad de Estambul. Mary Montagu inicia una correspondencia regular con su hermana, amigas y otros reconocidos personajes de la sociedad inglesa, incluida la princesa de Gales, en la que relata todas las costumbres y características de los países recorridos en su viaje, y de las ciudades del imperio en las que reside, en lo que constituye un magnífico ejemplo de la literatura de viajes.
 
Un año después de su muerte aparecen publicadas las Embassy letters. Una edición que ella misma encarga, tras haberlas recopilado todas, a su amigo Horace Walpole, sabiendo próximo su final debido a un cáncer de mama. No hacía mucho que había regresado a Inglaterra, después de dos décadas de vida nómada por Italia y Francia. Comenzaba su última aventura al recalar en Venecia para vivir su amor con Francesco Algarotti, el afamado autor de Il newtonianismo per la dame, amigo de Voltaire y Mme du Châtelet, quien finalmente prefirió la compañía de Federico de Prusia. Reconocida y admirada en toda Europa, se aseguró de que sus cartas desde Estambul fueran divulgadas.
 
El propio Voltaire alabó la calidad literaria de las mismas y, de forma entusiasta, difundió la obra de su admirada amiga por Europa. El relato de los detalles de la vida en los hamman que visitó y en el harén del Sultán inspiró la obra de Ingres “El baño turco” (1862). Montagu los describe como lugares de mujeres, donde se protege su intimidad, y donde ellas cultivan la sensualidad con perfumes, sedas y conversación, y critica la visión sesgada de otros viajeros que describen estos espacios sin haber accedido nunca a ellos. Es cierto que ella se relaciona con las esposas y damas de clase alta, y esta no es la situación de esclavas y concubinas. Transmite en sus cartas que la situación de las damas inglesas es mucho peor que la de las turcas, quienes disponen de sus propios medios económicos y libertad para comprar, vender o viajar, también para heredar o recibir indemnización de sus esposos en caso de divorcio. Una situación que sólo disfrutarán las mujeres inglesas bien entrado el S. XIX. Expresa en sus cartas: “considero a estas damas las únicas personas libres del imperio”. Ella misma adopta el uso del doble velo o yashmah y la ferayé, una holgada túnica de amplias mangas, vestimenta que le permite moverse con libertad por las calles, bazares y mercados de la ciudad sin ser reconocida. 
 
En las cartas, redactadas entre 1716 y 1718, describe con riqueza de detalles las costumbres, religiones, situación política e impresiones personales sobre los lugares que visita, y hace uso de una continua ironía para distanciarse de los prejuicios sobre oriente, señalando las falsedades de otros relatos de viajes. Pero no sólo es literatura de viajes y observaciones agudas e irónicas sobre las costumbres de la cultura propia, en comparación con las aparentemente menos avanzadas. En una de esas cartas se relata el “remedio turco” contra la viruela.
 
La viruela, conocida en la antigüedad babilonia y egipcia, y presente al menos desde hace  3.500 años entre nosotros, según algunas publicaciones, era combatida por la civilización china en el S. X (hay referencias de una primera proliferación del virus Variola en China en el S.II) introduciendo en las fosas nasales de los niños sanos polvo de costras secas de pústulas de viruela como medida de prevención: “curar lo malo con el mal” es un principio desarrollado por la medicina tradicional china. En el S. XVI, la inoculación del virus de la viruela en miles de personas fue promovida por el emperador Kangxi de la dinastía Qing, con tasas de éxito muy altas, que detuvieron la propagación en el pueblo chino. Ambos métodos eran reconocidos como efectivos. En 1688 Rusia envió a sus médicos a China para que aprendieran estas técnicas. Voltaire señaló: “Hace más de 100 años, los chinos tenían esta costumbre (inoculación), por eso son considerados como un modelo ejemplar, que creó una de las naciones más ingeniosas y educadas del mundo”. 
 
La práctica de la inoculación del material purulento con agujas o “variolación” fue una práctica conocida también en Asia Menor y Turquía. La Historia de la Ciencia reconoce a Edward Jenner como el desarrollador de la vacuna en 1796 a partir del virus de la viruela en vacas, de ahí su nombre, pero casi 100 años antes, una mujer dio a conocer la efectividad de este método de prevención en la Europa occidental, a pesar del rechazo de los médicos y las críticas. 
 
 
La observación de la vida y las costumbres en Estambul. Los “injertos” o “el remedio turco” contra la viruela


 
Vale la pena reproducir los párrafos completos de la carta enviada a su amiga Sarah Chiswell, en respuesta a su preocupación por las noticias de una terrible propagación de la peste en el imperio otomano. Lady Mary le desmiente tal extremo, y sabedora de que es la propia Sarah la que padece la viruela, le relata el método utilizado para prevenir la terrible enfermedad. 
 
“Y hablando de indisposiciones voy a contarle algo que estoy segura la hará desear encontrarse aquí. La viruela, tan fatal y generalizada entre nosotros, es aquí por completo inocua gracias a la invención del injerto, que es el término con que lo nombran. Hay un grupo de ancianas que se ocupan de hacer la operación. En el mes de septiembre, con la llegada del otoño, cuando disminuyen los grandes calores, la gente trata de enterarse si alguien de su familia tiene la intención de enfermar de viruela. Forman grupos con ese fin y cuando por fin están organizados –en general, de quince a dieciséis personas-, viene la anciana con una cáscara de nuez llena de pus de la mejor viruela y entonces pregunta a la gente qué venas desean que les abra. De inmediato, abre aquella que le es ofrecida con una aguja enorme –no produce más dolor que un simple rasguño- e introduce en la vena tanto veneno como cabe en la punta de su aguja y después venda la pequeña herida con una cáscara hueca y así, de esta manera, abre cuatro o cinco venas. Los griegos tienen la superstición de abrir una en plena frente, en cada brazo y en el pecho para marcar la señal de la cruz, lo cual tiene un efecto malísimo, pues estas heridas dejan pequeñas cicatrices, cosa que evitan los que no son supersticiosos, quienes eligen hacérselas en las piernas o en aquellas partes de los brazos que permanecen ocultas. Los niños o los pacientes jóvenes juegan juntos el resto del día y gozan de perfecta salud hasta el octavo. Entonces comienza la fiebre que los obliga a guardar cama dos días, en contados casos hasta tres. Muy rara vez les salen más de veinte o treinta en la cara, que nunca dejan marcas, y al cabo de ocho días están tan bien como antes de caer enfermos. En el transcurso de la indisposición, allí donde recibieron la herida aparecen unas pústulas que, no me cabe duda sirven de alivio. Todos los años son miles quienes se someten a esta operación y el embajador francés dice con simpatía que aquí se toman la viruela como una diversión, igual que en otros países se toman las aguas. No hay ejemplo de nadie que haya muerto por ello, y puede creerme cuando le digo que estoy convencida de la seguridad del experimento, tanto que pienso en probarlo en mi hijo pequeño. Soy lo bastante patriota para tomarme la molestia de llevar esta útil invención a Inglaterra y tratar de imponerla y no dejaría de escribir a algunos de nuestros médicos para recomendarles el método si supiera que alguno de ellos dispondrá de la virtud necesaria para destruir una porción tan considerable de sus ingresos por el bien de la humanidad. Sin embargo, como esa indisposición les resulta en extremo beneficiosa harán objeto de todo su resentimiento al audaz que se proponga ponerle fin. Quizás, si vivo para regresar, yo tenga el valor de batallar con ellos.”
 
Carta XXXII (A Sarah Chiswell) Adrianópolis, 1 de abril de 1718
 
Su amiga Sarah morirá a causa de la viruela poco tiempo después. 
 
 
El “Real Experimento” de 1721.
 
En 1718, bajo la supervisión de Charles Maitland, médico de la familia, Mary Montagu inocula con éxito a su hijo y en abril de 1721, ya en Inglaterra, a su hija. En esta ocasión, Maitland vuelve a supervisar la operación, pero están presentes también la princesa de Gales y otros miembros de la corte, y Sir Hans Sloane, médico y presidente de la Royal Society. 
 
Tras el nuevo éxito y con el objetivo de obtener nuevas evidencias, Maitland recibe permiso para realizar el ensayo clínico. Mary Montagu y la princesa Carolina organizan el “Real Experimento”. El 9 de agosto de 1721 se inocula el virus a seis condenados a muerte (tres hombres y tres mujeres) que aceptan a cambio del perdón y la libertad. Y la lograron. Un nuevo ensayo se organiza con niños del hospicio de Wetsminster con idéntico resultado. Al año siguiente, son las hijas de la Princesa de Gales, Amelia y Carolina, las que son inoculadas. 
 
La práctica adquiere así credibilidad y se suceden en los años siguientes las noticias de que los diferentes monarcas europeos vacunan a sus hijos e hijas. Aunque la polémica y las críticas a estas mujeres promotoras del remedio turco no se hacen esperar.
 
 
Desafío a la profesión médica y a la Iglesia. La desconfianza hacia lo que llegaba de Oriente
 
Ni Galeno ni Hipócrates habían escrito sobre cómo tratar el mal y, a diferencia de la estrategia china y turca, en Europa se recomendaba “sudar lo malo” aislando al enfermo en una habitación a alta temperatura. Enfermar deliberadamente a un paciente sano era totalmente rechazable para los médicos de la época, y consideraron la costumbre de la inoculación defendida por Montagu, y el hecho de que hubiese tratado a sus propios hijos, como un ejemplo de malas prácticas. Además de una mala madre, “antinatural”, por haber arriesgado sus vidas con el método turco.
 
En 1719 aparecen panfletos hostiles al tratamiento de la viruela. Las autoridades médicas como Richard Mead, médico de moda y miembro de la Royal Society, que ingresaba al año en torno a 7.000 libras, no parecía muy dispuesto a recortar sus ingresos, como vaticinara Mary Montagu en su carta. John Woodward, miembro del Royal College of Physicians, naturalista y médico afamado atribuía el origen de la enfermedad a un exceso de sales biliares. Y, por lo general, preferían el método tradicional del sangrado y sudado para tratar a los infectados. 
 
Sin embargo, los ataques más furibundos provienen del reverendo Edmund Massey que calificaba esta práctica como contraria a los designios de Dios y una muestra de soberbia humana al pretender evadir el castigo divino. Peor aún le parecía al pastor Wagstaffe que “una experiencia hecha por mujeres ignorantes, de un pueblo analfabeto e irreflexivo, se introdujera en el Parlamento de una de las naciones más civilizadas” del mundo. Una nación que vio morir al 25% de la población, pero cuya iglesia rechazaba aplicar la “herejía musulmana”.
 
Y el propio Alexander Pope, amigo y admirador de Lady Mary, a quien ésta envía muchas de sus cartas desde Estambul relatando las costumbres y cultura del pueblo otomano, se convierte en su enemigo. Si bien no está claro el motivo, se refiere a su antigua querida amiga como la “Safo picada de viruelas”. 

 


La vacuna (de vaca) de la viruela
 
Casi 100 años después, la observación de una mujer ordeñadora de vacas, Sarah Nelmes, quien había acudido al médico en prácticas Edward Jenner a consultarle por unas pústulas, pone a este en la senda del perfeccionamiento de la práctica de la inoculación. Sarah, que había sufrido la enfermedad de la viruela de las vacas (la vaccinia, normalmente leve y poco común que puede causar pústulas en las manos de los humanos en contacto con ellas) le comenta al médico que no puede ser viruela porque ella ya ha sufrido la variante anterior. Jenner decidió probar la hipótesis e inoculó a James Phipps, de ocho años de edad, con materia de viruela vacuna, y éste se mantuvo sano. Había nacido la vacuna. Louis Pasteur lo convertiría en término genérico para todo proceso artificial de inmunización a través de la inoculación de versiones más debilitadas del virus causante de la enfermedad.
 
 

Y ahora la COVID-19
 
El CSIC anunció en marzo de 2020 que trabajaba en una vacuna para la COVID-19 a partir de la de la viruela, aunque no he encontrado más información sobre sus avances. Y el 8 de mayo, en rueda de prensa el DG de la OMS afirmó que la COVID-19, como la viruela, supone un desafío histórico para la salud pública, una prueba de la solidaridad mundial y una oportunidad para combatir una enfermedad, pero también para cambiar el rumbo de la salud mundial y crear un mundo más sano, seguro, y justo para todos. Eso esperamos. 
 
 
 
La viruela también en Canarias: 


 
 
Referencias:
-Lady Mary Wortly Montagu, Cartas desde Estambul. Edición de Victor Pallejá, Solvitur, e-book 
-Cristina Morató, Las damas de Oriente. Grandes viajeras por los países árabes. Plaza y Janés, 2019
-Margaret Alic, El Legado de Hipatia. Siglo XXI, 1991.
 
 







03 enero 2015

La interpretación genérica de las metáforas de Bacon. Dos visiones.


Es cierto que no situamos a Francis Bacon (1561-1626) en relación a ninguno de los grandes descubrimientos que modificaron en profundidad el conocimiento de nuestro mundo al principio de la época moderna. Sin embargo, hizo una decisiva contribución al nacimiento y legitimación de la ciencia moderna. No sólo al defender la necesidad de la reforma de la filosofía natural y el desarrollo de una nueva vía de investigación de la naturaleza, sino también al dibujar ciertos temas que se sitúan en el centro de los debates de la modernidad como son: la función de la ciencia en la vida humana, las metas y valores que deben caracterizar el conocimiento científico, la ética de la investigación científica y las formas en que este tipo de conocimiento debe trasmitirse y presentarse a sí mismo en comparación con otras formas de la vida cultural. En otras palabras, construyó la imagen de la ciencia moderna. Dotó a la ciencia de un ethos y una función social. Definió el objetivo de la investigación de la naturaleza: el progreso y la mejora de las condiciones de vida humana, la superación de miserias, enfermedades y necesidades. Además, mostró que una empresa de tal envergadura debía ser una tarea colectiva. La investigación de la naturaleza debía estar basada en la comunicación de las personas implicadas y comprometidas en una misma empresa de progreso generación tras generación. Anunció la emergencia de la ciencia como institución social apoyada por la sociedad y definió el nuevo sujeto de la ciencia, un sujeto de un cariz cultural muy diferente al filósofo académico, el sabio antiguo, o el mago renacentista. Ese sujeto de la ciencia es también un sujeto masculino.

14 agosto 2014

Mujeres y Matemáticas



La imagen de la ciencia como actividad objetiva, racional y neutral, inmune a los valores culturales y sociales, y regida por criterios de cientificidad considerados seguros e inmutables, proviene fundamentalmente del carácter de la demostración matemática. La ciencia usa un lenguaje preciso, somete a prueba sus afirmaciones, demuestra matemáticamente sus hipótesis. Y en aquellos casos en que se advierte la presencia de sesgos o intereses, constituyen un buen ejemplo de ‘mala ciencia’ que la propia ciencia debe sancionar y rechazar. Es cierto que la práctica científica  tiene sus propios filtros, pero no es menos cierto que incluso las matemáticas reflejan, si observamos detenidamente la cuestión, los valores de la cultura y momento histórico en que se desarrollan muchos de sus presupuestos. Así, podemos preguntarnos por qué diferentes sociedades o civilizaciones han tenido diferentes versiones de las matemáticas, pero también cuándo y por qué surge la cuestión de la probabilidad, o el cálculo infinitesimal, a qué problemas daban respuesta estos desarrollos matemáticos y otros más recientes y qué valores reflejan. Las matemáticas son también, en gran medida, contextuales. 

10 noviembre 2013

Mileva Maric. A la sombra del genio


“Es innegable que Mileva podía entender sus artículos y que incluso podía leerlos a la caza de errores”. Esta es la conclusión del autor del texto Einstein. El espacio es una cuestión de tiempo, primer libro de la colección que publica El País sobre los grades hitos de la ciencia, en relación al debate que se produce en la Historia de la Ciencia de las últimas décadas sobre el papel de Mileva Maric en los trabajos científicos que llevarían a Einstein a la gloria. ¿Sólo leerlos?

La polémica sobre la posible coautoría se inició en el Simposium sobre “el joven Einstein” organizado por la A.A.A.S. (Asociación Americana para el Avance de la Ciencia) en 1990. Unos años antes, en 1987, se abrían los archivos privados del científico después de la muerte de sus albaceas y la correspondencia revelaba aspectos poco conocidos de la vida de Einstein. Los detalles de la relación con Mileva Maric, su compañera de estudios y primera esposa, la existencia de una hija nacida antes del matrimonio de la que se pierde su pista unos años después y, sobre todo, escrito de su puño y letra referencias a “nuestra teoría”. Los historiadores e historiadoras se alinean entre quienes ven en Mileva una especie de musa romántica, una inspiradora y estímulo constante a la creatividad del genio, el papel que a lo largo de la historia se ha otorgado a las mujeres, amigas, esposas o amantes de los grandes hombres que han contribuido a los avances de la ciencia, y aquell@s que sostienen que los conocimientos matemáticos de Mileva fueron indispensables para ofrecer forma y fundamento a la imaginación teórica de Einstein. Es innegable que los años más creativos de su carrera científica fueron aquellos en los que ambos estaban juntos.


29 agosto 2013

Mary Fairfax Somerville: lo científico sublime


Cuenta una anécdota que, casada con su segundo marido y participando en una reunión con Laplace y otros científicos, alguien afirmó que apenas una docena de matemáticos eran capaces de leer la compleja obra de Laplace y desde luego sólo dos mujeres y ambas escocesas: la señora Craig y ella, la señora Somerville. Ambas eran la misma persona. Tras los apellidos de los maridos, a veces cambiantes, la autoría de destacadas mujeres de ciencia se diluye en una Historia de la Ciencia que no les ha prestado atención. Mary Somerville (1780-1872) es sin duda una de las grandes olvidadas.

Mary Somerville , llamada “la reina de la ciencia en el siglo XIX” en el obituario publicado por The Morning Post, el 2 de Diciembre de 1872, es conocida por ser la traductora de Mécanique Céleste de P. S. Laplace con el título The Mechanism of the Heavens (1831). En esta obra incluyó una Disertación Preliminar que contribuyó a la introducción de las matemáticas continentales entre los lectores ingleses ya que incluía las herramientas conceptuales necesarias para la comprensión del texto, así como una historia de los avances en astronomía y una contextualización, elucidación, e interpretación del trabajo de Laplace. Esta ‘traducción al lenguaje común’ hizo que el libro y la Disertación se convirtieran en los textos centrales en los cursos de matemáticas en Cambridge y que formaran parte del proyecto de creación de la Library of Useful Knowledge impulsada por Lord Brougham, si bien finalmente hubo de encontrarse otro editor ante la magnitud de la obra.



Mary incorpora en su trabajo un esquema interpretativo que ‘suaviza’ el esquema mecanicista y determinista de Laplace y presenta un universo vivo, lleno de luz y color. Esta obra la sitúa en la élite de la ciencia. En tal sentido, forma parte del círculo de la bióloga y química Jane Marcet, John Herschel, Charles Babbage y Ada Lovelace, de quien es instructora y amiga, Faraday o George Peacock, entre otros. Con este primer trabajo de 1831 obtiene una merecida reputación científica. Mary había presentado en 1826 en la Royal Society el estudio basado en experimentos realizados en su jardín «The Magnetic Properties of the  Violet Rays of the Solar Spectrum», publicado en Philosophical Transactions.  En 1834, publica On the Connexion of the Physical Sciences, un amplio tratado sobre la interdependencia de los fenómenos físicos y las conexiones entre las ciencias físicas. La obra trata sobre astronomía física, mecánica, magnetismo, electricidad, sobre la naturaleza del calor, el sonido y la óptica además de la meteorología y climatología. La comprensión de los cielos se unía así al deseo subsiguiente de comprender los fenómenos terrestres, pues estaba convencida, y este convencimiento es una constante en el conjunto de su obra, de la profunda unidad natural que subyace en todo el universo. Faraday revisó varias ediciones de la obra, que llegaron a diez, además de las traducciones al francés, alemán e italiano, y de la que se venden más de 15.000 ejemplares. 



A través de sus reediciones en los cuarenta años siguientes se advierte la evolución de la ciencia en estos temas ya que la obra era escrupulosamente puesta al día. Un dato importante a considerar es que en la reseña de esta obra que realiza W. Whewell, Master del Trinity College de Cambridge, aparece el  primer uso público del término ‘científico’: W. Whewell, «On the connexion of the physical sciences. By Mrs. Somerville», Quarterly Review, 51, 1834, pp. 54-68. Whewell había propuesto el término en 1833 en una reunión de la British Association for the Advancement of Science. En la reseña establece dicho término como análogo a “artista” o “economista”, y lo define de modo general como “un nombre con el cual podemos designar a los que estudian el conocimiento del mundo material colectivamente..., un término general con el que los miembros (de BAAS) pueden describirse a sí mismos con referencia a sus metas”. Estamos en un momento en el que la profesionalización, especialización e institucionalización de la ciencia aún no se habían producido.

En 1848, ve la luz Physical Geography. La obra estaba lista para la imprenta cuando se publica el primer tomo del Kosmos de Humboldt, lo que estuvo a punto de hacer que Mary desistiera de su publicación y que destruyera la obra quemándola. Pero la envía a J. Herschel, quien recomienda su inmediata publicación. Se convierte también en el texto de referencia en las universidades inglesas durante los siguientes cincuenta años. La obra incluía una descripción de la estructura global de la tierra y otras características de la misma comenzando con las fuerzas que dieron lugar a los continentes. Estudia también los elementos más dinámicos del paisaje natural: las mareas, los ríos y los lagos, y las fuerzas que actúan en ellos, incluyendo las que gobiernan la temperatura, la luz y el color, la electricidad, las tormentas, la aurora y el magnetismo. Incluye una descripción del mundo vegetal de acuerdo con su distribución geográfica; la descripción de los insectos, los peces y los reptiles de acuerdo con esa misma distribución y la descripción de los pájaros y de los mamíferos por continentes. Finalmente, muestra la distribución y condición de la raza humana: hace repaso a las teorías sobre sus orígenes, las costumbres, el  lenguaje y las cotas de progreso alcanzadas por la humanidad. 

 










Una anciana pero lúcida Mary Somerville publica dos textos más,  Molecular and Microscopic Science, en 1869, en los que incluye los más recientes descubrimientos en química y física y, finalmente, su propia correspondencia, recogida en Personal Recollections: Cartas y notas seleccionadas por su hija, Martha Somerville y publicadas en 1873 como Personal Recollections, from Early Life to Old Age, of Mary Somerville, John Murray, Londres. Existe una edición actual de Dorothy McMillan, Queen Of Science. Personal Recollections of Mary Somerville. Cannongate, Edinburgh, 2001.



Junto a su labor científica hemos de destacar su continuo compromiso con la educación y la conquista de derechos de las mujeres. Como afirmó J. Stuart Mill, ella encabezó la lista de firmantes del manifiesto por el sufragio para las mujeres, también formó parte del movimiento anti-vivisección y se trasladó a vivir a Italia en la década de los cuarenta criticando ‘el prejuicio irracional que prevalece en Gran Bretaña en contra de la educación literaria y científica para las mujeres’. Paradójicamente creía que, a pesar de todo, a las mujeres les faltaba el ‘genio’ científico. Esta afirmación la hace en la octava edición de Connexion of Physical Sciences, al introducir la novedad del descubrimiento de Neptuno (1846) tras la computación de la órbita de Urano. La idea, había afirmado Adams, surgió tras la lectura de una edición anterior de la obra de Mary. Efectivamente, en la sexta edición publicada en 1842, puede leerse:

«Those of Uranus, however, are already defective, probably because the discovery of that planet in 1781 is too recent to admit of much precision in the determination of its motions, or that possibly it may be subject to disturbances from some unseen planet revolving about the sun beyond the present boundaries of our system. If, after a lapse of years, the tables formed from a combination of numerous observations should be still inadequate to represents the motions of Uranus, the discrepances may reveal the existence, nay, even the mass and orbit, of a body placed for ever beyond the sphere of vision».

Aún así, este aspecto del descubrimiento del planeta ha sido ampliamente ignorado por la historia de la ciencia.

La Royal Society situó su busto en el Great Hall. Fue miembro honorario de las más destacadas Sociedades Científicas y recibió una pensión del gobierno. Jane Marcet le escribió:
«You receive great honours, my dear friend, but that which you bestow on our sex is still greater, for with talents and acquirements of masculine magnitude you unite the most sensitive and retiring modesty of the female sex». Personal Recollections, (2001, 168)



Mary Somerville es, probablemente, una de las grandes olvidadas por la historia de la ciencia. Los primeros trabajos historiográficos de Mary Somerville como científica, más allá de las pequeñas reseñas incluidas en las historias de las mujeres matemáticas son los de E. C. Patterson: «Mary Somerville», BJHS , Vol. IV, nº16, 1969, pp. 311-339; «The case of Mary Somerville: An aspect of nineteenth century science», Proc. Amer. Philos. Soc., 118, 1974, pp. 269-275. y Mary Somerville and the Cultivation of Science 1815-1848. The Hage, Nijhoff. Kluwer, 1983. A lo sumo, ha sido incluida en los listados de mujeres matemáticas famosas y sus reseñas biográficas son tan cortas como superficiales y parciales. Otros relatos ‘no críticos’ y deudores aún de la concepción de la historia de la ciencia como un simple panteón de descubridores la han retratado como una popularizadora o figura de menor interés.

Pero Mary Somerville fue una eminente científica, su nivel de conocimiento de la ciencia fue muy alto, su participación en la comunidad científica de su época fue muy amplia, sus contribuciones al avance de la ciencia fueron fundamentales, el reconocimiento que recibió por parte de sus coetáneos y del gobierno en forma de pensión reflejan también su importancia como científica, y los criterios de cientificidad que se aplicaron a su trabajo fueron los mismos que se aplicaban a los trabajos de sus ‘colegas científicos’. Formó parte de las mejores Sociedades Científicas de Europa y América, y vendió miles de ejemplares de sus obras.

Otros elementos pueden sumarse a la lista propuesta para ofrecer una imagen contextualizada e integrada de la significación de Mary Somerville, pero probablemente la mejor forma de mostrar tal reconocimiento sea ofrecer la voz a sus coetáneos. Como mencionamos anteriormente, W. Whewell redacta en 1834  la reseña de On the Connexion of the Physical Sciences para The Quarterly Review, forum de los debates científicos más avanzados de la época. En ella dedica gran número de reflexiones al problema de reconciliar las cualidades de la mente de Somerville con los prejuicios convencionales acerca de la inferioridad mental de las mujeres. Como sus contemporáneos, creyó que había un ‘sexo en las mentes’. Pero tampoco estaba satisfecho con la idea de considerar a Mary como ‘una excepción a la regla de las limitaciones femeninas en lo referente a la empresa intelectual’. Por lo tanto, crea una nueva categoría para incluirla: la élite de las matemáticas eminentes, entre las que cita a Hypatia, Maria Gaetana Agnesi y Mary Somerville, cuya cualidad mental es la de una ‘iluminación peculiar’ que hace que tengan el mérito de ser profundas y la gran excelencia de lograr la claridad. Uno de los aspectos más notables que Whewell presenta es que esta iluminación, como sugiere Neeley en Mary Somerville. Science, Illumination and the Female Mind. Cambridge University Press, 2001, no es una versión inferior o diferente del intelecto masculino, sino que es en algunos aspectos superior a la mente filosófica masculina. La admiración que Whewell refleja en estas páginas por las mujeres filósofas capaces de alcanzar tal claridad es expresada poéticamente estableciendo la diferencia entre unos y otras. A diferencia de los hombres, afirma, perdidos en las nubes de las palabras, la mente femenina es capaz de elevarse sobre los conflictos que dejan perplejos a los hombres, y su tendencia  a la complejidad; y el conflicto se contrapone a la característica que observa en el trabajo de Mary Somerville: la brillantez de su claridad, la lucidez con que advierte la interconexión entre todas las fuerzas de la naturaleza.

Es tremendamente instructivo leer estas páginas de Whewell en el análisis propuesto por Neeley. Nos permite repensar y revisar las asunciones sobre las mujeres, el género y la ciencia, así como repensar las relaciones entre la eminencia lograda por Mary Somerville y las categorías y conceptualizaciones tradicionales sobre las mujeres y la ciencia. Más instructivo aún es leer la selección de cartas publicadas en Personal Recollections. Mary es considerada como un miembro del grupo de W. Wallace en Edimburgo, y comparte el interés por el desarrollo y mejora de la instrucción matemática en Inglaterra. Este tema  preocupa también a los ‘hombres de Cambrigde’: Playfair, De Morgan, Ivory, Wallace, Paecock, Whewell, Babbage, y, por supuesto, Herschel. De hecho es invitada al Trinity College, donde recibe honores de eminencia científica tras la publicación de su obra sobre Laplace.

La relación más estrecha la mantiene con J. Herschel, quien se convierte en su amigo, revisor, crítico y colega. Junto a Faraday, son los amigos y contactos más importantes en el contexto de la red de colaboradores de la que forma parte. Es importante señalar que en la reseña que Herschel hace de Mechanism afirma que su trabajo será un fuerte estímulo para el estudio de la ciencia abstracta. El reconocimiento que logró por parte de sus coetáneos es razón más que suficiente para reclamar un análisis más profundo del personaje a través de la inmersión en el escenario, los valores y los debates de la época haciendo surgir así las características de la ciencia del momento en que vive.

La historia de las mujeres de ciencia permanece aún como un campo disciplinar aislado y debe ser un objetivo inmediato crear narrativas históricas integradas y más satisfactorias de la participación de las mujeres en la ciencia. Un enfoque integrador que subraye el entramado de sus relaciones, cómo fue percibida por sus contemporáneos y el reconocimiento y autoridad que le otorgaron. Lejos de los estereotipos relacionados con las mujeres interesadas en ciencia, quienes han sido valoradas como  amateurs, divulgadoras o popularizadoras, Mary Somerville puede ser considerada según los criterios de cientificidad de la época una científica, que escribe y dirige sus libros a lectores expertos, sus iguales y colaboradores. Además, puede ser considerada como una de las intelectuales más importantes de la época, como otros miembros de clase media que buscan o abogan por un cambio en la sociedad y aseguran su posición a través de la promoción de la ciencia y otras reformas (por ejemplo, el sufragio universal). Mary juega un papel instrumental en desarrollar y diseminar una visión de la ciencia que ayudó a promocionar la unidad cultural que situó a aquélla en el contexto de la agenda liberal y social.
               
Lo científico sublime: retórica y naturaleza viva.

                Como ha estudiado Margarita Santana, tradicionalmente se han rechazado u omitido las dimensiones retóricas de la ciencia: el discurso científico está absolutamente separado de otras formas de discurso, y más en concreto, de lo que son las formas literarias del discurso. Ciencia y literatura se han presentado como antagónicas: existe entre ellas un hiato insalvable. En la escritura de Somerville, sin embargo, conviven y coexisten conjuntamente la poesía y la ciencia, la imaginación y las matemáticas, la religión y la ciencia, el mundo del telescopio y el del microscopio, lo cósmico y lo cotidiano. M. Somerville combina amplitud de visión y profundidad de comprensión con claridad de percepción, y todo ello sin sacrificar la complejidad para lograr la claridad; así, une la complejidad de la ciencia y de la matemática con una certeza que le permite pasar la antorcha del conocimiento a otros. Estas cualidades suyas combinan el poder perceptivo de la ciencia con la poesía para ir más allá de la experiencia ordinaria y presentar una visión del mundo que está delineada de modo preciso, es fácil de comprender, y agradable de contemplar. La grandeza en la literatura y en la ciencia se asocia con la visión sublime revelada a través de esa mente que ve más y más claramente que otras, que comprende lo enorme y lo diminuto y lo sintetiza todo en una visión coherente y unificada. La escritura de Somerville evoca lo científico sublime, la capacidad de ver la naturaleza revelada a través de la ciencia para evocar el mismo sentido de majestad y poder que los seres humanos sienten en presencia de Dios. La ciencia es “cálculo exacto” y “meditación elevada”, todas las cualidades de la mente divina, que están duplicadas en la mente humana:

«Science, regarded as the pursuit of truth, which can only be attained by patient and unprejudiced investigation, wherein nothing is too great to be attempted, nothing so minute as to be justly disregarded, must ever afford occupation of consummate interest and of elevate meditation. The contemplation of the worlds of creation elevates the mind to the admiration of whatever is great and noble, accomplishing the object of all study, which in the elegant language of Sir James Mackintosh is to inspire the love of truth, of wisdom, of beauty, specially of goodness, the highest beauty, and of that supreme and eternal mind, which contains all truth and wisdom, all beauty and goodness. By the love or delightful contemplation and pursuit of these transcendent aims for their own sake only, the mind of man is raised from low and perishable objects, and prepared for those high destinies which are appointed for all those who are capable of them» Preliminary Dissertation to Mechanism of the Heavens.

Mary adopta la tradición poética establecida por Milton y los poetas del siglo XVIII, y los poetas románticos de principios del XIX, y la transforma en prosa científica. En este proceso crea una retórica poderosa y persuasiva para la ciencia que se basa en nuevos modos de ver y responder al mundo natural. La ciencia es una actividad colectiva y también una empresa progresiva, progresista e iluminadora que es compatible con, y además apoyo de, tradiciones morales, estéticas y religiosas. La iluminación que proporciona puede ser transformada en iluminación para los seres humanos, y, del mismo modo que la poesía, puede concebirse como una forma elevada de percepción y expresión, con su carácter dinámico y polifacético. El placer estético, pues la ciencia es un encuentro con la bondad, la belleza, y también con lo útil, y el progreso de la ciencia aumentan la percepción de unidad, la contemplación del universo como un todo interconectado, con sus dramas, complejidades y vastedad, un universo vivo, vívido, cálido, y estéticamente satisfactorio entendido, con todo, científicamente. Somerville es capaz de mostrar los modos en que se relacionan la estética y los placeres intelectuales de la ciencia, combinando y fusionando el discurso analítico, cuantitativo, y la dimensión estética de la misma en un todo sin fisuras, con el contenido científico dominando y el elemento estético añadiéndole poder, significado y placer. Subraya así el papel que el drama, la visualización, la imaginación, y lo estético pueden jugar en los discursos científicos.


Su visión del mundo es claramente un modo de percepción holista y multifacético, dinámico, desplegado a través de patrones descriptivos y marcos interpretativos como la plataforma cósmica, el rastreo de laberintos, la naturaleza como un teatro épico, y el paisaje vívido. La complejidad y el aparente caos se captan y resuelven en un amplio patrón de simplicidad y orden. El cosmos es un sistema completo, armonioso y ordenado, la interdependencia y la interconexión son principios fundamentales de la naturaleza, pero también de la ciencia y de la experiencia humana. En la escritura científica de Somerville la naturaleza es activa, y ella la observa atentamente y la retrata dramáticamente. No es una observadora pasiva sino interactiva que entra en la naturaleza imaginativa y analíticamente, y obtiene una comprensión conceptual firme de la mayoría de los fenómenos que observa. La viveza de su retrato deriva en gran parte de su habilidad para conjugar los discursos de la ciencia, del drama, la poesía, la estética, la filosofía y la teología, y lo conjuga todo en una especie de tapiz tridimensional que retrata un mundo activo tal como es visto científicamente. Aproximándose a la ciencia desde perspectivas diferentes proporciona una visión de la misma que incluye sus métodos, temas, conclusiones principales y motivaciones, su significación práctica y filosófica, y sus satisfacciones estéticas e intelectuales.

Para Mary Somerville, la ciencia juega un papel esencial en el contexto de una visión progresista de la cultura, y puede servir como foco de una visión unificadora sólo si está relacionada claramente con otros aspectos de la misma, y si apoya otras metas materiales, sociales, morales, políticas, y religiosas. Crear y promover tal visión tenía un componente intelectual y retórico, requería conocimiento amplio y profundo y habilidades persuasivas, cualidades todas que ella poseía en alto grado.


Este texto es una selección actualizada de los aspectos tratados más ampliamente en: I. Perdomo y Margarita Santana, Mary Fairfax Somerville: lo científico sublime. Clepsydra, Revista de Estudios del Género y Teoría Feminista, pp. 25-36, 2004. ULL.

03 agosto 2013

Matemáticas, Creatividad y Romanticismo. Ada Byron Lovelace

 Ada Byron Lovelace  (1815-1852)

Leo en estos días de verano el Premio Málaga de Ensayo 2012, (H)adas, de Remedios Zafra, un delicioso libro sobre mujeres que crean, programan y teclean, y reflexiona la autora sobre el sonido del tiempo propio de las mujeres cuya labor no reconocida, por no producirse en los límites del espacio de la autoridad, del espacio de la labor profesional reservados a los hombres, exige el esfuerzo de la reconstrucción, del relato no ortodoxo, del desvelamiento de las claves de la ocultación. En los márgenes, en las fronteras entre el espacio público y privado, en las lindes de la creatividad y la imaginación alimentada por una educación científica cuidada en la época del Romanticismo se oculta o se desvela a medias tras las iniciales A.A.L. con las que firma, la genial contribución de Ada Byron, o Ada Lovelace. Y recupero mis notas de una conferencia pronunciada hace años sobre ella y otras mujeres matemáticas que me permitieron trazar una genealogía desde Theano, Hypatia, Sofia Kovalevska y tantas otras mujeres matemáticas que desafiaron la contundente afirmación de Kant:

“Se nos advierte que todo conocimiento abstracto, todo conocimiento árido, debe ser dejado a la mente laboriosa y sólida del hombre. Por ello es que las mujeres nunca aprenderán geometría”

Ada, Hija de Lord Byron y Annabella Milbanke a quien aquel llamaba ‘la princesa de los paralelogramos’, fue educada por su madre en las disciplinas científicas, fundamentalmente las matemáticas. La gran Mary Somerville “la reina de las ciencias del S.XIX”, fue su tutora durante una época. Con sólo diecisiete años conoce a Charles Babbage y el proyecto de su máquina de diferencias finitas, una máquina calculadora mecánica y el más ambicioso proyecto que llamó el Ingenio analítico, una máquina más sofisticada capaz de ejecutar ciertos programas, si bien su realización práctica encontró numerosos obstáculos. El Museo de la Ciencia de Londres construyó en 1991 la máquina de diferencias de C. Babbage probando que los fracasos en su construcción no se debieron a fallos en el diseño, sino a una deficiente realización práctica.

En 1841, Babbage imparte una conferencia en Turín sobre los proyectos de fabricación de su ingenio y un joven ingeniero italiano, Menabrea,  publica en francés un artículo sobre la máquina. La contribución de Ada al proyecto fue particular. Tras traducir el texto al inglés titulado “Sketch of the Analytical Engine” y mostrarlo a Babbage, éste consciente de que Ada tiene sus propias ideas sobre la computación la anima a incluir sus notas e ideas a la traducción. Las notas, que triplican el texto incluyen una variedad de programas para la máquina, uno de ellos servía para computar los números de Bernoulli y es considerado el primer programa de computación.


Entre sus notas Ada incluyó también sus predicciones para el futuro de una máquina pensante. Pensó que podría ser utilizada para componer música, para producir gráficos, y podría ser usada para fines científicos prácticos.

Supongamos, por ejemplo, que las relaciones fundamentales de los tonos en la ciencia de la armonía y la composición musical fueran susceptibles de tales expresiones y adaptaciones (a un lenguaje matemático de programación), el artefacto podría componer piezas detalladas y científicas de música de cualquier grado de complejidad o extensión. (Nota A)

Su imaginación y creatividad resulta sorprendente, pero también su sentido de la realidad y su visión de futuro. En la Nota G, escribe:

Es deseable guardarse de las ideas exageradas que pueden surgir acerca de los poderes del Ingenio analítico. (...) El Ingenio Analítico no tiene pretensiones de originar nada nuevo. Puede hacer lo que sepamos cómo ordenarle que haga. No tiene el poder de anticipar ninguna relación o verdad analítica nueva. Su función es asistirnos. (...) Pero es probable que ejerza una influencia indirecta y recíproca en la ciencia misma. En la medida en que se distribuye y combina las verdades y la fórmula del análisis, éstas están más fácil y rápidamente dispuestas para las combinaciones mecánicas del ingenio, y las relaciones y naturaleza de cualquier objeto de estudio en la ciencia son observadas desde otra perspectiva e investigadas de forma más profunda.

El problema central del Ingenio Analítico y clave para su éxito es precisamente cómo comunicar, cómo ordenar a la máquina realizar rutinas y subrutinas o en otras palabras cómo establecer un eslabón adecuado entre los procesos mentales abstractos matemáticos y las operaciones materiales. Se trataba de encontrar la forma de diseñar un mecanismo por el que un paquete de instrucciones obligara a la máquina a repetir una determinada secuencia de órdenes cada vez que se le requiriera desde el programa principal.

La observación de los telares de Jacquard que se popularizaron a partir de su invención en 1801 y que supusieron un hito en plena revolución industrial dió la clave a  Babbage y Ada. Los telares funcionaban con tarjetas perforadas que hacían que los hilos del telar compusieran el dibujo deseado.


Ada escribió en las notas a la traducción del artículo de Menabrea:

Resulta muy adecuado decir que el Ingenio analítico teje pautas algebraicas, al igual que el telar de Jacquard teje flores y hojas. (Nota A)


Ada muere de cáncer unos pocos años más tarde a la edad de 36 años. Su madre evitó que se dedicara a la poesía, tratando de minimizar la influencia de un padre al que prácticamente no conoció, pero Ada preguntaba a su madre: si no puedes darme poesía ¿puedes darme ciencia poética?. Así concibió su corta trayectoria.


Bowden, pionero en ordenadores, ‘redescubrió’ el artículo y las notas de Ada y lo mandó reimprimir junto a una biografía y retrato de la autora. Y a comienzos de los años 80 del pasado siglo el Ministerio de Defensa americano dio su nombre a un lenguaje de programación desarrollado por ellos.

Estos aspectos de la biografía y repercusión del trabajo de Ada pueden consultarse en uno de los estudios más completos sobre Ada: el de B. A. Toole, Ada, The Enchantress of Numbers. Strawberry Press, 1992. Y en los textos de S. Plant, Ceros + Unos. Barcelona, Destino, 1997. Otros en castellano: L. Figueiras et al., El Juego de Ada. Matemáticas en las Matemáticas. Granada, Proyecto Sur, 1998; X. Nomdedeu, Mujeres, manzanas y matemáticas. Entretejidas. Madrid, Nivola, 2000.

09 julio 2013

Visibilizar y reivindicar la autoría. Rosalind Franklin


Rosalind Franklin (1920-1958)

Si tuviese que elegir entre los episodios más tristes de la Historia de la Ciencia, sin duda alguna uno sería éste. Los sucesos que se producen entre 1951-1953 cuentan el episodio final de la historia de la investigación sobre la estructura del ADN, una historia de éxitos para la comunidad científica, pero también una historia de deslealtad y deshonor, y de filtración ilícita de información. Una historia de envidias, recelos y competitividad desbordada, una historia de una magnífica investigadora cuya vida quedo truncada por el cáncer y cuya gloria truncada por los vencedores. La ciencia, había afirmado Watson, la llevan a cabo gentes ambiciosas y competitivas. Escribo este texto releyendo la bibliografía disponible y que estudié cuando realicé mi tesis doctoral, ya que este era un caso que me permitía ejemplificar las reconstrucciones de la historia de la ciencia, diferentes desde una perspectiva realista o empirista. Y leo por primera vez el artículo de A. Gann y J. Witkowski, The lost correspondence of Francis Crick, publicado en Nature en septiembre de 2010, que ofrece nuevos detalles sobre cómo se precipitaron los acontecimientos, y sobre las actitudes y calado moral de los implicados. Un conjunto de treinta y cuatro cartas y tres postales escritas por Crick y Wilkins entre 1951 y 1964 y que habían quedado olvidadas en unas cajas junto a la colección Brenner y que fue localizada en los archivos de la biblioteca del Laboratorio de Cold Spring Harbor. De ellas, once fueron escritas entre 1951 y 1953, justo cuando se producen los acontecimientos y permiten valorar con mayor claridad aún el papel de Rosalind Franklin en este hito de la Historia de la Ciencia.

El 25 de Abril de 1953 se publica en Nature el descubrimiento de la estructura del ADN (molécula en la que están contenidas la información y los planos de construcción de un ser vivo). Watson y Crick posaban felices ante la estructura de varillas de metal, alambres y cartón que representaba la molécula y sus componentes. La historia siempre ha sido contada así: Dos equipos de investigadores compiten en dos laboratorios diferentes: J. Watson y  F. Crick en el Laboratorio Cavendish de la Universidad de Cambridge y M. Wilkins y Rosalind Franklin en el laboratorio del King’s College en Londres. Usan metodologías de investigación y técnicas diferentes: los primeros usan modelización de estructuras siguiendo la técnica usada con éxito por Pauling y los segundos difracción por rayos X. Los primeros ganan la partida…y los tres varones el Nobel.

Rosalind murió en 1958 de cáncer a la edad de treintisiete años y nunca supo realmente que para lograr esta representación tridimensional de la estructura, su trabajo había sido más que determinante. Para ilustrarlo imaginemos que tenemos un número de piezas de distintas formas y tamaños y que hemos de organizar, a modo de un gran puzzle, pero ninguna numeración ni dibujo que nos permita encajarlas; podríamos, en principio, organizarlas de muchas maneras diferentes y no sabríamos nunca cuál es la “correcta”. Sólo si pudiésemos numerarlas siguiendo un criterio e incluso si pudiésemos plasmar en ellas un lienzo de colores, podríamos completar nuestro puzzle y saber que es acertado. Esto es lo que les proporcionó Rosalind Franklin, los datos, la evidencia empírica que permitió organizar las piezas correctamente y completar el modelo de la estructura del ADN. La estructura helicoidal, la situación de las bases, todos los elementos que permitieron fijar, de entre todas las posibilidades abiertas del modelo, aquella que era la empíricamente adecuada. Rosalind observó la estructura presentada y admiró a Crick y reescribió un texto que tenía preparado, ahora con la retórica oficial que permitía presentar sus investigaciones como soporte experimental de la hipótesis y el modelo de Watson y Crick. En Nature se publica como el último texto del grupo, tras uno redactado por Wilkins y los de Watson y Crick. Rosalind siguió investigando en otro laboratorio, acudiendo a congresos y publicando, hasta que la enfermedad la venció.



Watson publica en 1968 La doble hélice, un ejercicio de desautorización de Rosalind Franklin, a quien llama “Rosy” y cuyo perfil dibujado en el libro ha sido descrito como la más perfecta caricaturización haciendo uso de todos los estereotipos androcéntricos contra ella. El libro, de haber vivido aún Rosalind, no hubiese sido escrito en esos términos. En él afirma que M. Wilkins dirigía el laboratorio en el que en 1951 trabajaba Rosalind. Una falsedad que tiene por objeto situarla como subordinada suya. Watson dice más: que Rosalind reivindicaba que el problema del ADN se lo habían adjudicado a ella, por lo que se negaba a aceptar que era la asistente de M. Wilkins. No era así, el King´s College estaba bajo la dirección de John Randall, ambos trabajaban al mismo nivel y cada uno supervisaba un grupo, Rosalind el que utilizaba los métodos de difracción de rayos X. De hecho había sido contratada porque dominaba esta técnica y Wilkins prácticamente la desconocía, más especializado en estudios bioquímicos y biofísicos.

Watson describe a “Rosy” como una arpía, testaruda e inflexible, que se negaba a enfatizar su feminidad, mal vestida, sin pintar, con un peinado inadecuado y se pregunta cómo estaría sin sus gafas. Como expone Anne Sayre, quien la conoció, Rosalind no era así, sí era apasionada con su trabajo, seria, y muy racional, y cuando llegó al King´s College desde el CNRS (Centre National de la Recherche Scientifique de París) era ya una investigadora con gran destreza probada en difracción de rayos X o cristalografía química, se había centrado en el estudio de los carbonos y había publicado un buen número de trabajos, algunos de ellos muy relevantes. Ella no era una inexperta cuando se enfrentó al ADN, una sustancia difícil y recalcitrante desde el punto de vista de la cristalografía y,  por ello,  Randall le ofreció organizar una unidad de Rayos X para la investigación del ADN que en aquel momento no existía en su laboratorio. Los avances en su investigación desde 1951, eran expuestos en seminarios al grupo de investigación y ella redactó varios informes sobre sus avances al director.
El papel y la relevancia de la investigación de Franklin es relatada en conocidos textos sobre su figura, pero aún sigue pesando más el relato oficializado de Watson. Los textos de Anne Sayre, Rosalind Franklin y el ADN de 1975, el más reciente de B. Maddox, Rosalind Franklin: The Dark Lady of DNA, 2002 y la publicación en Nature en 2010 de las cartas perdidas de Crick a las que hemos hecho referencia, no parecen ser suficientes aún para que en cualquier representación sobre este hito de la historia de la ciencia, la figura de Rosalind Franklin sea destacada. No se trata de un olvido menor o de la creencia de que su papel no fuera tan determinante, como algunos afirman, algo que no se ajusta a la verdad, no, se trata de un episodio de desautorización, de un claro sesgo sexista de la Historia oficial de la ciencia, y, probablemente también de un ejemplo de cómo la historia contextual de la ciencia al incorporar otros elementos contrarios al enfoque positivista nos permite tener relatos más completos y ajustados a la realidad de estos episodios. La historia, pues, sigue necesitando ser contada.



El papel de las instituciones

En La doble hélice, Watson reconoce que la investigación del ADN se realizaba en el King´s College. Como relata Sayre, cuando los jefes de laboratorio, en el contexto de una Inglaterra aún en crisis tras la guerra, pedían subvenciones para la investigación, se les aconsejaba basar sus solicitudes en una lista de proyectos que no se estuviesen desarrollando en otros centros, ya que ¿por qué pagar por algo que ya se estaba realizando? (Sayre,128) Es cierto que no había prohibición expresa, pero sí un pacto implícito de que esto debía ser así y los científicos actuaban en consecuencia. 

El Laboratorio Cavendish de Cambridge tenía otros temas de trabajo y de hecho, Sir Lawrence Bragg, su director, no alentaba esa investigación bajo su techo. Según Watson, éste había dicho a Crick que debía abandonar esa investigación y de hecho, tras el fracaso del primer modelo, así fue. Debemos interpretar, pues, que en todo caso era una competición no explícita entre Watson y Crick y el King’s College, ajeno a este interés. De hecho, eran invitados a las sesiones de exposición de los resultados de investigación realizados por Rosalind, quien convencida de la honorabilidad de todos, esperaba un debate honesto sobre sus resultados. La investigación del ADN, ella también estaba convencida, era del King´s College.

No se trataba pues de una pugna de dos equipos por encontrar la solución. La investigación del ADN era una investigación del King´s College de Londres. El director la contrata para formar un equipo que desarrollara esta investigación específica del ADN y tiene que partir prácticamente de cero montando el instrumental y, lo que es significativo, mostrando al equipo cómo hidratar las fibras de ADN para someterlas a la técnica de difracción. Pero, el hecho de que una mujer liderara un equipo, o incluso que fuese considerada una igual era algo que en el King’s no se aceptaba tan fácilmente, donde obtener una licenciatura y trabajar en sus departamentos era algo que sólo se había reconocido recientemente y ni siquiera tenían acceso al comedor amplio, confortable y con atmósfera de club privado, reservado al personal masculino. Desde el principio Wilkins la desautoriza y las relaciones entre ellos llegaron a ser de hostilidad y así lo refleja en su correspondencia con Crick:

…Let’s have some talks afterwards when the air is a little clearer. I hope the smoke of witchcraft will soon be getting out of our eyes. (Wilkins a Crick, 1953)

Oficialmente, en el Laboratorio Cavendish no se realizaba esta investigación y el director desaprobó, como hemos señalado, que Crick realizara estudios sobre el ADN, esa era una investigación de otro equipo y otro centro. Pero no es menos cierto que este era un acuerdo tácito y que dada la relevancia que va adquiriendo la investigación, dejara hacer. Enfrentado a la posibilidad de que Pauling pudiera resolver uno de los más importantes problemas en Biología, Bragg autorizó a Watson y Crick a comenzar con la construcción del modelo de nuevo. (Nature, The Lost correspondence of Crick, 2010)

La secuencia de acontecimientos: 1951-53 y las cartas perdidas.

Rosalind trabaja durante más de ocho meses poniendo a punto el laboratorio, el instrumental y comienza su investigación. Y esta es la secuencia de acontecimientos:

-Coloquio de Noviembre de 1951.

Rosalind Franklin redacta notas para exponer sus avances y redacta un informe a máquina posterior el 7 de Febrero de 1952. En sus notas e informe se puede leer:

“El diagrama de fibra altamente cristalino obtenido con las fibras de ADN, sólo se puede conseguir en un cierto rango de humedad, entre el 70 y el 80%. Las características generales del diagrama sugieren que las cadenas de ADN se encuentran en forma helicoidal”
“Conclusión: una gran hélice en muchas de las cadenas, los fosfatos en el exterior, puentes fosfatos-fosfato entre las hélices, interrumpidos por moléculas de agua. Hay enlaces disponibles para proteínas”.

-La confusión de Watson y la propuesta de la triple hélice.

En este momento Watson tenía 24 años y era un genetista que acababa de llegar de EEUU y creía que era absolutamente esencial dilucidar la estructura del ADN y convenció a Crick, que estaba en Cambridge de la relevancia de este problema. El método que defendían era el de la construcción de modelos tridimensionales para resolver estructuras moleculares, un método que no era nuevo y que todos los investigadores utilizaban.
Watson asiste al coloquio y se confundió con los datos proporcionados por Rosalind acerca de sus mediciones de la cantidad de agua de las muestras. De hecho relata que su incapacidad para recordar estos datos con exactitud fueron el origen del error que transmitió a Crick. Esto les llevó a creer que había muy pocas estructuras posibles para el ADN y en una semana construyeron un modelo que satisfacía las restricciones aparentes e invitaron al equipo del King´s College a ver “the clever thing” que habían realizado (Nature, 2010). Franklin, al ver el modelo, una triple hélice con las bases en el exterior, supo que era erróneo, aunque sus objeciones se interpretaron como un rechazo del modelo helicoidal, algo absurdo a tenor de sus propias explicaciones en el coloquio. Esto supuso un parón en la investigación de Watson y Crick, quienes no hacían trabajo experimental alguno, sólo modelización teórica y, por tanto, dependían de los datos del King´s College. De hecho, Watson se arrepintió de haber mostrado su trabajo a los investigadores por si aquello podía suponer un cierre del flujo de información proveniente de Londres. Lo cierto es que no debía preocuparse, porque Wilkins se había convertido en el mejor informador.

-Mayo de 1952: la fotografía 51

Franklin prosigue sus investigaciones y logra una de las mejores imágenes: la fotografía 51, una fotografía de la forma B de la molécula donde se advierte nítidamente la estructura helicoidal. El trabajo avanza y dirige la tesis de Gosling, pero también piensa en irse a otro laboratorio: el Birbeck, donde considera que el ambiente de trabajo es mejor. Redacta un nuevo informe sobre sus avances dirigido al director Randall.



-28 de Enero de 1953. Seminario sobre la forma B del ADN

Rosalind presenta sus resultados sobre la forma B del ADN en un seminario al que estaban invitadas personas de fuera de su laboratorio. Ella confiaba y creía en el debate crítico entre científicos y creía que si alguien tenía pruebas de que estaba equivocada, las expondría; y también si de sus datos se derivaba algo más que ella no había percibido.

Watson y Crick querían acudir pero se les notificó que era interno, si bien no es claro, y en otros textos parece afirmarse que sí asistió Watson. Wilkins escribe a Crick:

There is also a silly muddle over Franklin’s talk here. I got a big  notice saying it was internal only — just a discussion between  colleagues who worked in the same lab. Then a lot of notices went  round about the Colloquium & I took it for granted all had had the  other note... I think that as the intention was to have it a private  fight it would be best to keep it entirely so, as I said to Jim. It should  be either public or private. (The lost correspondence, Nature, 2010)

Watson relata en su libro un altercado con Rosalind acaecido este mismo día donde sugiere que temió que Rosalind le agrediera físicamente, algo que revela una vez más, el cariz de la percepción sobre Rosalind de Watson. Un poco más tarde, el mismo día, Wilkins le enseña la fotografía. Más tarde reconoce:

Quizá debería haberle pedido permiso a Rosalind pero no lo hice. La situación era muy difícil. Algunas personas han dicho que fue un completo error por mi parte hacerlo sin su permiso, sin consultarle al menos, y quizá lo fue… (Sayre, 167)

Rosalind ya había decidido irse a otro laboratorio, pero el material de la investigación del ADN tenía que quedarse en el King’s. De todas formas ella ya había comunicado sus datos, aunque de una forma que ella no previó.

-Acceso a un nuevo informe de Rosalind

En Diciembre de 1952, hubo una reunión en el King’s College del comité de biofísica del Medical Research Council, del que Randall era miembro y distribuyó un informe en el que se describían los trabajos más recientes llevados a cabo en el laboratorio y se incluía un resumen firmado por  Rosalind y Gosling, de nuevos resultados experimentales con ADN. M. Perutz, miembro del Cavendish está en la reunión y, poco después, a comienzos de 1953, entrega el informe a Watson y Crick cuando éstos, al tanto de la existencia del mismo por Wilkins, se lo solicitan: “Como el informe no era confidencial, no vi razón alguna para negarme”.

-Febrero de 1953. Construcción del modelo

En este mes, relata Anne Sayre, hubo algo que les permitió construir un modelo más que satisfactorio: los datos que les llegaron del King’s College. Probablemente no eran todo lo necesario para llevarlo a cabo, pero con toda seguridad fueron esenciales. Los datos de Rosalind no sólo indicaban la posibilidad de una doble cadena sino que, además, el diagrama de difracción obtenido en las fotos de la forma B, permitía calcular el diámetro de la hélice. Y además, como reconoce Watson: “Rosy estaba en lo cierto al poner las bases en el centro y el eje azúcar-fosfato hacia el exterior”. Ninguno de estos datos proviene de experimentos realizados por Watson y Crick y lo cierto es que ellos, sin las pruebas experimentales, no tenían más que una bella hipótesis. Concluye Anne Sayre: “El tiempo es lo único que cuenta para conseguir la primicia de un descubrimiento. Sin saberlo, Rosalind regaló a sus rivales no sólo la información sino también el tiempo” (Sayre, 171).

Pero ellos fueron conscientes de la relevancia de las contribuciones de Rosalind y lo ocultaron y Watson escribió La Doble hélice y la desautorizó a sabiendas. En el artículo de Nature sobre las cartas perdidas de Crick encontramos también evidencia de ello. Destacan los autores del artículo:

In a handwritten note from Wilkins to  Crick dated 29 October 1954, which also includes a jab at the fact that neither Crick nor Watson did any experimental work in arriving at the double helix: 

Looking at your letter, the list of your forthcoming publications  is certainly impressive & I hope you won’t think me malicious if I note with interest your new plan for avoiding experimental work  — I mean your book.

-Abril de 1953. La publicación en Nature


Los pormenores de la preparación de la publicación en Nature tampoco han de dejarse de lado, el intercambio epistolar entre los protagonistas y editores es amplio y no exento de estrategia y nerviosismo:

Dear Francis, 
It looks as though the only thing is to send Rosy’s and my letters as they are and hope the Editor doesn’t spot the duplication. I am so browned off with the whole madhouse I don’t really care much what happens.  If Rosy wants to see Pauling, what the hell can we do about it? If  we suggested it would be nicer if she didn’t that would only encourage  her to do so. Why is every body so terribly interested in seeing Pauling … Now Raymond wants to see Pauling too! To hell with it all. (Wilkins a Crick. The lost correspondence. Nature, 2010)

Rosalind no supo nunca qué había sucedido realmente, es posible que ella en poco tiempo estuviera también en condiciones de anunciar sus resultados, esto ya no lo sabremos, aunque puede pensarse que para ello quería ver a Pauling. Sabemos también que ella había redactado dos manuscritos sobre la estructura helicoidal del ADN que llegaron a la revista especilizada “Acta Cristallographica” el 6 de marzo de 1953, un día antes de que Watson y Crick finalizaran su modelo, e incluso se ha sugerido que el editor podría haberles hecho llegar una copia, aunque no he visto, en mis lecturas, esta idea confirmada. En cualquier caso, ellos ya tenían todos los datos y habían visto la imagen. Además, el protagonismo que tiene Rosalind en estas cartas que se intercambian entre los años 1950 y 1976 es revelador de la importancia de su trabajo y de cómo estaban obsesionados con ella y su trabajo.


En 1962 se otorga el Nobel de Medicina a los tres hombres. Se da la circunstancia de que el Nobel sólo puede darse a un máximo de tres personas; de todas formas Rosalind Franklin había muerto en 1958 a la edad de 37 años debido al cáncer y otros problemas graves de salud, probablemente debidos a los años de experimentación con radiación. En los últimos años se viene produciendo un reconocimiento cada vez mayor de la relevancia del trabajo de Rosalind Franklin y el King´s College la reivindica como una de sus excelentes científicas.

Me gusta esta reflexión de Rosalind, que dirige a su padre en 1940 y finalizo con ella: “La ciencia y la vida ni pueden ni deben estar separadas. Para mí la ciencia da una explicación parcial de la vida. Tal como es se basa en los hechos, la experiencia y los experimentos…Estoy de acuerdo en que la fe es fundamental para tener éxito en la vida, pero no acepto tu definición de fe, la creencia de que hay vida tras la muerte. En mi opinión, lo único que necesita la fe es el convencimiento de que esforzándonos en hacer lo mejor que podemos nos acercaremos al éxito, y que el éxito de nuestros propósitos, la mejora de la humanidad de hoy y del futuro, merece la pena conseguirse”.