La ciencia es mujer
El
conocimiento y el desarrollo de las matemáticas es la piedra angular sobre la que
descansa la ciencia moderna. Las ciencias, configuradas bajo los valores de la
objetividad, la prueba, la demostración matemática y la racionalidad, eran siempre representadas como mujeres en el
proceso de la llamada revolución científica . La ciencia es mujer según la tradición que comienza al menos desde el
siglo VI, cuando Boecio representa a la
Filosofía como una mujer hasta bien entrado el S. XVIII
![]() |
Ciencias representadas como mujeres |
En
la Iconografía (fundamentalmente renacentista) la Geometría como práctica
contemplativa está personificada por una elegante y refinada dama, ya que las
funciones geométricas, en tanto que actividades mentales intuitivas, sintetizadoras y
creativas, pero también exactas, se asocian con el principio femenino (aunque
algunas teorías de la lateralización cerebral afirman justo lo contrario). Ahora bien, cuando estas leyes geométricas se aplican en la tecnología de la
vida diaria, se representan como el principio masculino y racional: la
geometría contemplativa se transforma en geometría práctica
![]() |
Geometría |
La
Aritmética también está personificada por una mujer, pero no tan ilustre y
noble en su vestimenta como la Geometría, lo cual indica quizá simbólicamente
que la Geometría se consideraba un nivel superior de conocimientos. En sus
piernas aparecen dos progresiones geométricas. La primera serie, 1-2-4-8 baja
por la pierna izquierda, asociando los números pares con el lado femenino,
pasivo, del cuerpo y la segunda serie 1-3-9-27 baja por la pierna derecha,
asociando los números impares con el lado masculino y activo: una asociación
que se remonta a Pitágoras, quien llamó a los números impares masculinos y a
los pares femeninos.
Los
griegos llamaron a esas dos series Lambda y Platón en el Timeo las
utiliza para describir el alma del mundo. A la izquierda de la mujer está
sentado Pitágoras, utilizando un ábaco para sus cálculos. En este sistema, la
notación de los números sigue dependiendo de su notación espacial. Boecio está
sentado a su derecha, utilizando la numeración arábiga para un moderno sistema
de cálculo en que la notación numérica se ha convertido en un sistema
abstracto, separado e independiente de su origen geométrico. Derecha
e izquierda, lado y números masculinos y femeninos, las dos progresiones de la Lambda.
También las proporciones numéricas para determinar los sonidos en una escala
musical forman parte o son múltiplos de los números de las progresiones de la Lambda.
![]() |
Portada de Il Saggiatore de Galileo |
Las
representaciones femeninas de las ciencias aparecían fundamentalmente en las
portadas de los textos científicos. Galileo utilizó estas imágenes para la
portada de Il Saggiatore. La Filosofía Natural irradia la luz de la
Verdad y la Matemática, con su corona, está representada como reina de las
ciencias. En la portada de la Enciclopedia Francesa, todas las ciencias son
representadas con sus símbolos y por debajo de las nubes, figuran las artes y
profesiones que emanan de las ciencias y son representadas como hombres.
![]() |
Frontispicio de la Enciclopedia |
Estas
representaciones reflejan una concepción del mundo y del sujeto de
conocimiento: la creatividad resulta de la unión de principios femeninos y
masculinos, de la unión de los opuestos. La femenina Ciencia juega el papel
opuesto al científico masculino y lo que este imagina es que la ciencia
femenina le lleva a descubrir los secretos de la naturaleza. Estas
alegorías dieron cobijo a la exclusión de las mujeres del terreno de la
ciencia, asociando a la ciencia y el ‘hombre de ciencia’ los valores de clase y
género de nuestra cultura. Así, aunque la representación iconográfica de las
ciencias era esencialmente femenina, la exclusión de las mujeres reales del
campo del conocimiento y la educación se mantiene hasta fechas muy recientes.
Aunque las ciencias fueron nombradas en femenino nuestra cultura ha admitido
con sorprendente permanencia del mismo patrón argumentativo a través de los
siglos: la inferioridad intelectual de las mujeres, especialmente para las
ciencias abstractas.
“Se
nos advierte que todo conocimiento abstracto, todo conocimiento árido, debe ser
dejado a la mente laboriosa y sólida del hombre. Por ello es que las mujeres
nunca aprenderán geometría” (I. Kant).
¿Inferioridad intelectual?
La
tesis de la supuesta inferioridad intelectual de las mujeres ha acompañado al
desarrollo de la cultura occidental desde antiguo. Aristóteles y toda la
tradición médica con Galeno al frente, situaron su incapacidad en sus
particularidades biológicas. Las mujeres fueron concebidas como seres
imperfectos frente al modelo de perfección humana representado por el hombre.
Sobre el telos de la perfección masculina, también en lo que se refiere
al cuerpo, lo femenino se afirma como carencia, imperfección, y falta.
“Las mujeres son
defectuosas, débiles, incompletas, menos musculosas, su carne más blanda, sus
rodillas más juntas, su voz más débil. El cuerpo femenino, débil e indefenso,
tiene un cerebro más pequeño”. (Aristóteles, La Historia de los animales,
638b, 7-24)
Lo
que llama la atención de esta imagen es la permanencia e inmutabilidad de lo
esencial de la misma, que recorre los discursos religiosos, filosóficos y
científicos hasta prácticamente nuestros días. En el siglo XIX, Darwin publica La
descendencia del hombre y la selección en relación al sexo (1871), doce años
después de la publicación de El Origen de las especies (1859). La obra, compuesta por dos gruesos volúmenes, está dedicada al estudio minuciosamente detallado de
la explicación de las diferencias sexuales de los animales según una línea
evolutiva progresiva. Los machos de la especie humana, afirma Darwin,
desarrollaron no sólo tamaño y fuerza sino “razón, invención e imaginación”.
Era este un maravilloso resultado de la evolución limitado, sin embargo, al género
masculino. Dice Darwin:
“De todas maneras es probable que
el hombre se haga tan superior en dotación mental a la mujer como el pavo real
en plumaje ornamental a la pava real”. (Darwin, La descendencia del hombre y
la selección en relación al sexo, 1871).
La
craneología y la frenología de finales del S. XIX y comienzos del XX, proceden
a pesar y medir los cerebros estableciendo diferencias entre sexos y razas.
Tamaño, forma y peso se hacen corresponder con funciones, organización y
capacidades del cerebro, conformando la misma ecuación final: las mujeres,
igual que las razas inferiores tenían un menor índice cefálico y su cerebro era
menos pesado. Su intelecto, inferían, tiene menos vigor y un poder reflexivo más pequeño y no extienden su
razonamiento más allá del mundo visible. En los años 60 y 70 del pasado siglo
se desarrollan los estudios psicométricos de las diferencias por razón de sexo
y raza. Los tests de inteligencia constituyeron el nuevo instrumento de
medición de las diferencias, diferencias que, seguían manteniendo, ‘debían’
tener una base biológica. Y desde hace décadas existe un interés en la
localización de las funciones cognitivas de forma exacta en las distintas
regiones del cerebro. Las hipótesis sobre la lateralización, la neuroendocrinología,
la sociobiología y, más recientemente, la psicología evolucionista, ofrecen
explicaciones del comportamiento diferenciado y las capacidades cognitivas de
los géneros. La ‘localización’ de los genes que determinan comportamientos y
habilidades sigue anclando en el terreno de la biología las diferencias de
género.
La
crítica feminista de la ciencia ha analizado en detalle estas teorías y ha
procedido a hacer explícitos el conjunto de supuestos, sesgos y prejuicios que
plagan este tipo de investigaciones con relación a la cuestión de las
diferencias sexuales, además de los fallos metodológicos y circularidad de los
argumentos. Las ‘evidencias’ están claramente seleccionadas en función de las
hipótesis preferidas. Así por ejemplo, los tests
de inteligencia han sido sometidos a análisis y se muestra cómo éstos
reflejan los valores dominantes de la cultura, y también han sido presentados
estudios alternativos basados en experiencias donde una estimulación
igualitaria para el aprendizaje de las matemáticas en poblaciones de escolares
muestran que no se producen diferencias significativas en función del sexo. Sin
embargo, es abrumador el número de trabajos que sigue tratando de fundamentar (de manera determinista) biológicamente las diferencias en habilidades cognitivas y en interpretarlas
en términos de superioridad/inferioridad, sobre todo cuando hablamos de las
habilidades relacionadas con la práctica de las ciencias y, en especial, las
matemáticas.
Matemáticas y valores
Incluso
en los más inocuos problemas están presentes los sistemas de valores.
La cuantificación, la comparación, y la medición son ellas mismas actividades
culturales cuyos valores asumidos no son universalmente compartidos. Existen
estudios sobre el impacto de la enseñanza de las matemáticas en poblaciones aborígenes
australianas y americanas y el conflicto que se produce con ciertas asunciones
de su cultura. Se conciben a sí mismos como una extensión del mundo natural y
preguntan por qué diferenciamos, por qué contamos y comparamos diferenciando
las cosas, por qué preguntamos siempre ¿cuánto?. Estos conceptos no son
definitorios de sus culturas y sí de la nuestra.
La
conceptualización espacial es también una de las características más
definidoras de nuestra cultura y cosmovisión, y la manera en que un lenguaje codifica
las relaciones espaciales, afecta a la forma en que un hablante adquiere y
entiende los conceptos y principios de las matemáticas. Y por ello, los
estudios sobre educación en matemáticas y en concreto sobre qué valores se
trasmiten en la educación en matemáticas se ha convertido en un campo de
estudios fundamental también desde el punto de vista de género ya que esos
valores dominantes son en gran medida también los valores dominantes de nuestra
cultura. Recientemente un matemático británico ha admitido que:
La imagen popular de las matemáticas es que es difícil, fría, abstracta, ultra racional, importante y fundamentalmente masculina. P. Ernest, "The popular image of Mathematics", Humanistic Mathematics Network Journal, vol. 8, pp. 53-55.
¿Qué impacto tiene esta visión de las matemáticas en
la pedagogía y accesibilidad de las mujeres a la práctica de las matemáticas?.
Podemos imaginar que durante mucho tiempo esta imagen actuaba como verdadero
freno al interés de las mujeres por las matemáticas aunque es cierto que, a
tenor de las estadísticas, desde hace ya décadas las mujeres son al menos la
mitad del alumnado que ingresa en las Facultades. Otra cuestión bien diferente
es su promoción en los niveles más altos, desde la contratación como profesoras
a la obtención de los más altos niveles académicos y funcionariales. Aquí, la
llamada ‘discriminación jerárquica’ o ‘techo de cristal’ siguen siendo barreras
infranqueables. Para seguir avanzando, las estudiosas defienden la necesidad de
una educación igualitaria en matemáticas y una trasmisión de valores
alternativos que no muestren a las matemáticas como un cuerpo de conocimientos
cerrados, completos, y núcleo de la demostración completamente objetiva y
verdadera en ciencia. Un conjunto de ideas alternativas puede ser este:
- Evitar presentar las matemáticas como un cuerpo fijo de conocimiento completo, cierto y absoluto mostrando que existen problemas de carácter abierto que requieren realizar asunciones previas para ofrecer una solución aceptable.
- Mostrar los enfoques alternativos con que puede enfrentarse un problema y que por lo tanto puede ofrecerse más de una solución correcta.
- Mostrar que la práctica de las matemáticas tiene también mucho que ver con las facetas más creativas e imaginativas y no sólo con las presentaciones axiomáticas que aparecen en los libros de texto.
- Mostrar que la incompletud y la conjetura también forman parte del campo de las matemáticas.
- Y que puede prestarse más atención al propio proceso de la resolución matemática que a los resultados finales.
La práctica docente resultante al llevar a la
práctica estas indicaciones muestran valores alternativos consecuentes con una
imagen de la ciencia como empresa humana cultural, plural y concebida como un
proceso de investigación constante, y como una práctica que no está alejada de
nuestras concepciones filosóficas, de nuestros patrones estéticos y de las
otras prácticas culturales humanas. La historia, si no los manuales de texto,
muestra esas conexiones. Las mujeres siempre han hecho ciencia, siempre se han
dedicado a las matemáticas. Particularmente a las matemáticas. Han sido
autodidactas, han buscado el apoyo de otras mujeres para completar su
formación, han salido de sus países si se les vetaba el estudio y han
contribuido con su trabajo y con importantes desarrollos matemáticos al
progreso de las ciencias. Y lo seguirán haciendo. Estos son sólo unos pocos
nombres:
Theano de Crotona, Hipatia de Alejandría, María
Gaetana Agnesi, Sophie Germain, Emilie du Chàtelet, Mary Sommerville, Ada
Lovelace, Sophia Kovalevskaya, Grace Chisholm Young, Emmy Noether, Grace Murray
Hopper...
Y Maryam Mirzakhani, reciente ganadora del premio
Field, experta en Geometría y sistemas dinámicos.
Referencias:
-L. Schiebinger,
«Cuando la ciencia era mujer», en J. Ordóñez y A. Elena (eds.), La ciencia y
su público. Madrid, CSIC, 1990, pp.71-111
-Bonnie J. Shulman, «Implications of Feminist
critiques of Science for the Teaching of Mathematics and Science», en M. Lederman e I. Bartsch (eds.), The
Gender and Science Reader. Londres, Routledge, 2001.
-R. Lawlor, Geometría Sagrada. Filosofía y práctica.
Debate, 1996
No hay comentarios:
Publicar un comentario