29 septiembre 2018

Mary Shelley, 200 años de Frankenstein

Las mujeres y el monstruo. Filosofía, ciencia y género a propósito de Frankenstein

 
Mary Shelley
I dream of a new age of curiosity. We have the 
technical means for it; the desire is there; 
the thing to know are infinite; the people who can 
employ themselves at this task exist. Why we do  suffer?
M. Foucault, “The Masked Philosopher”


1. Monstruos sin nombre  

“Una desapacible noche de noviembre contemplé el final de mis esfuerzos. Con una ansiedad rayana en la agonía, coloqué a mi alrededor los instrumentos que me iban a permitir infundir un hálito de vida a la cosa inerte que yacía a mis pies. Era ya la una de la madrugada; la lluvia golpeaba las ventanas sombríamente, y la vela casi se había consumido, cuando, a la mortecina luz de la llama vi cómo la criatura abría sus ojos amarillentos y apagados. Respiró profundamente y un movimiento convulsivo sacudió su cuerpo”1

Así comenzaba el relato ideado por Mary W. Shelley para participar en el reto lanzado por Lord Byron a las amistades reunidas en la mansión al borde del lago en Ginebra que sería testigo de las entretenidas noches de conversación sobre los más recientes avances en la Filosofía Natural, en el desapacible y tormentoso verano de 1816.

Que una mujer joven, con tan sólo 18 años de edad, ideara una de las novelas más míticas de nuestra cultura, suele sorprender. Que la misma girara sobre uno de los temas más apasionantes de la Filosofía Natural, el principio de la vida y la capacidad de los seres humanos, gracias a los avances de la ciencia y tecnología, de crear nueva vida, y las consecuencias de no hacernos cargo de forma responsable de nuestras creaciones, sorprende aún más. Como destaca Anne Mellor:

“Frankenstein is our culture’s most penetrating literary analysis of the psychology of modern “scientific” man, of the dangers inherent in scientific research, and of the horrifying but predictable consequences of an uncontrolled technological exploitation of nature and the female” (Mellor, 2003:9).


La obra, Frankenstein o el moderno Prometeo, aparece publicada por primera vez en enero de 1818, de forma anónima, con una dedicatoria a W. Godwin y una presentación de Percy B. Shelley, lo que hizo que muchas personas atribuyeran a él la autoría, y son incontables los estudios publicados que señalan los añadidos o correcciones que Percy hiciera al relato original durante la preparación de la edición. Pero la autora, oculta, no era otra que Mary W. G. Shelley, hija de la filósofa y escritora Mary Wollstonecraft, autora de la Vindicación de los derechos de las mujeres (1792) y del filósofo político William Godwin. 

 
Frankenstein, manuscrito



Edición de 1831

La invisibilización de las mujeres autoras es una constante en nuestra cultura. Recorrer los argumentos de todas las grandes figuras que teorizaron sobre la inferioridad mental de las mujeres, sobre el desarrollo imperfecto de sus capacidades cognitivas o sobre la imposibilidad del “genio” en una mente del sexo femenino, excede los objetivos de este texto. Sin embargo, sí destacaré más adelante que, si bien estos eran los argumentos provenientes de la tradición mítica, filosófica y de las religiones, lo novedoso en el final del S. XVIII y durante todo el S. XIX, es que los argumentos provendrán de la propia ciencia. Los prejuicios se filtran y acaban dando forma a los presupuestos aparentemente neutrales de una ciencia que sitúa su autoridad en el uso de un método basado en la observación de la naturaleza y la argumentación racional.            

Que la obra se publique de forma anónima, ocultando el nombre de la autora, en una sociedad “monstruosa” plagada de prejuicios contra las mujeres y que el propio monstruo, al que el Doctor Víctor Frankenstein da vida, no tenga nombre, es una situación narrativa a la que no podemos resistirnos. Y si tras la lectura de la obra, dudamos acerca de a quien llamar realmente monstruo, menos aún.

Para algunos críticos, conocer que la autora de la novela era una mujer, sólo merecía un comentario acerca de la obra:

“El autor es, tenemos entendido, una mujer; eso supone un agravante de lo que es el mayor error de la novela; pero si la autora puede olvidarse de la delicadeza de su sexo, no hay razones para que nosotros la recordemos; y por tanto despacharemos esta novela sin más comentario”2

La obra, en la interpretación que seguiré aquí, es un maravilloso tratado, en formato literario, sobre nuestros monstruos, los de una sociedad androcéntrica, que excluye a las mujeres de la educación y de la vida pública recluyéndolas al ámbito de lo doméstico, en el que ni siquiera disponen de una habitación propia, y en la que cualquier comportamiento extraño a los códigos de la estricta moral es catalogado de indecente y supone el rechazo social. Los monstruos generados por la concepción de una ciencia y tecnología que no se hace cargo, como sería su responsabilidad, de las consecuencias e impacto de sus avances, lo cual dota a la obra de una renovada actualidad. Y los monstruos generados por nosotros mismos cuando tratamos a los otros como tales por su apariencia, por ser diferentes, algo de lo que no escapan tampoco las mujeres en el S. XIX.

A los monstruos debemos ponerle nombre, sólo así somos capaces de identificarlos, de hacerlos visibles.


Mary Shelley

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Así comienza el texto que he preparado para Frankenstein 200, aparecerá publicado en breve en Frankenstein. Ed. Berenice, 2018.




Según ella misma lo relata, y a instancias de Percy B. Shelley, su marido y editor de la primera edición de Frankenstein, o el moderno Prometeo, escribió con posterioridad los capítulos iniciales, tal como fueron publicados la primera vez en 1818. Seguiré esta edición de 1818, y no la versión posterior de 1831, que suele ser más utilizada. Todas las referencias bibliográficas al texto son de la edición en castellano preparada por Isabel Burdiel para la Editorial Cátedra y que ha tenido varias reediciones. He utilizado la del año 2012.
2 Así se expresaba un crítico, conocedor de la autoría de Mary W. Shelley en la nota incluida en el British Critic bajo el título “Crítica de Frankenstein” en 1818. 

10 junio 2016

Género y tecnologías. Ciberfeminismos y construcción de la tecnocultura actual


Revista Iberoamericana de CTS. OEI


Presentación Dossier especial Ciencia, Tecnología y Género


Género y tecnologías. Ciberfeminismos y construcción de la tecnocultura actual


Inmaculada Perdomo Reyes

La ceguera de género ha sido común en los estudios teóricos sobre las tecnologías y ello ha implicado la invisibilización de muchos de los aspectos que nos interesa ahora resaltar, en especial cuando han contribuido a la reproducción o persistencia de los estereotipos de género en nuestras relaciones con la tecnología. Los debates actuales del tecnofeminismo y el ciberfeminismo exigen tener mucho más presente el rol de los sujetos en los procesos de generación de conocimientos y las dinámicas de exclusión o desautorización en la práctica científico-tecnológica actual. Superar la injusticia epistémica, construir nuevas narrativas y universos simbólicos plurales e identificar las claves de una acción política transformadora en el mundo poshumano que se avista, son tareas que aborda el ciberfeminismo actual.

Palabras clave: tecnologías, género, ciberfeminismo, tecnocultura

13 abril 2016

Mujeres que ocultan la Luna. Mujeres que conocen.

Mujeres que ocultan la Luna, mujeres que conocen.

(Texto incluído en el catálogo de la exposición Centaurides de Alfonso García)








I

¿Conoces a las mujeres de Tesalia? ¿Aquellas que eran capaces de ocultar la Luna?
Cuenta el mito que las centáurides habitaban en las montañas de Tesalia. Blancas mujeres centauros imaginadas por el retórico Filóstrato y por el poeta Ovidio en su Metamorfosis. Seres extraordinarios que miran al cielo para determinar sus destinos. Destino de muerte por amor el de la soñadora Hylonome, cuando Cyllarus viaja a las estrellas.

03 mayo 2015

Epistemología, Ciberespacio y Género


Fuente: Internet
Conferencia impartida en el Seminario Humanidades digitales el 28 de abril de 2015. Disponible en ULLmedia

Releo estos días a Feyerabend para preparar otra conferencia e inevitablemente los textos, las ideas, convergen. Como si fuera tomando vida propia y por encima de mis esfuerzos por dotar de una estructura lógica y racional al texto, donde cada parte y argumento suponga una profundización o derivación de lo anterior, el anarquismo hace presencia. Las ideas se yuxtaponen, nuevas búsquedas de información me llevan a tirar de otros hilos y nuevas conexiones inesperadas surgen. Y las palabras de Feyerabend vuelven a atraparme y me arrastran: “la ciencia es una empresa esencialmente anarquista, el anarquismo teórico es más humanista y más adecuado para estimular el progreso que sus alternativas basadas en la ley y en el orden” (Contra el Método (1975), 2007, 1). 

El laberinto de interacciones que trazan los tres conceptos: Epistemología, Ciberespacio y Género es imposible de abordar con las ingenuas y lineales leyes o pautas de una razón que busque establecer respuestas definitivas o bien delimitadas. La comprensión quedaría restringida, el lenguaje yerto y la imaginación atenazada. Solo quebrando las reglas metodológicas, infringiendo la norma, imaginando otros mundos, es posible avanzar. Cuando eliminamos del lenguaje, dice Feyerabend, aquellos significados profundos pero ya putrefactos que ha ido acumulando a lo largo de los siglos, como el de la búsqueda de la verdad, la idea de un método fijo o una teoría fija de la racionalidad, advertimos que el conocimiento no consiste en un acercamiento gradual a la verdad, por el contrario, es un océano, siempre en aumento, de alternativas incompatibles entre sí. (CM, 14) Y continúa: “expertos y profanos, profesionales y diletantes, forjadores de utopías y mentirosos, todos ellos están invitados a participar en el debate y a contribuir al enriquecimiento de la cultura” (CM,15).

03 enero 2015

La interpretación genérica de las metáforas de Bacon. Dos visiones.


Es cierto que no situamos a Francis Bacon (1561-1626) en relación a ninguno de los grandes descubrimientos que modificaron en profundidad el conocimiento de nuestro mundo al principio de la época moderna. Sin embargo, hizo una decisiva contribución al nacimiento y legitimación de la ciencia moderna. No sólo al defender la necesidad de la reforma de la filosofía natural y el desarrollo de una nueva vía de investigación de la naturaleza, sino también al dibujar ciertos temas que se sitúan en el centro de los debates de la modernidad como son: la función de la ciencia en la vida humana, las metas y valores que deben caracterizar el conocimiento científico, la ética de la investigación científica y las formas en que este tipo de conocimiento debe trasmitirse y presentarse a sí mismo en comparación con otras formas de la vida cultural. En otras palabras, construyó la imagen de la ciencia moderna. Dotó a la ciencia de un ethos y una función social. Definió el objetivo de la investigación de la naturaleza: el progreso y la mejora de las condiciones de vida humana, la superación de miserias, enfermedades y necesidades. Además, mostró que una empresa de tal envergadura debía ser una tarea colectiva. La investigación de la naturaleza debía estar basada en la comunicación de las personas implicadas y comprometidas en una misma empresa de progreso generación tras generación. Anunció la emergencia de la ciencia como institución social apoyada por la sociedad y definió el nuevo sujeto de la ciencia, un sujeto de un cariz cultural muy diferente al filósofo académico, el sabio antiguo, o el mago renacentista. Ese sujeto de la ciencia es también un sujeto masculino.

07 diciembre 2014

¿Cuál es el futuro de los Estudios Feministas sobre la Ciencia?


A punto de comenzar mi curso sobre Epistemologías Feministas en el Máster de Estudios de Género y Políticas de Igualdad de la ULL, adelanto a mis alumnas algunos de los problemas y lecturas imprescindibles hoy en nuestra reflexión sobre el estado actual de los estudios feministas de la ciencia y la tecnología.

En primer lugar, como señala Londa Schiebinger, es necesario debatir sobre las prioridades que dan sentido a las investigaciones y a las inversiones en investigación y preguntar ¿cómo se toman las decisiones acerca de lo que queremos conocer en el contexto de los recursos limitados? Es necesario también analizar los planes o medidas institucionales, sean “colegios invisibles” informales o rigurosamente formales universidades y sociedades científicas, y cómo estructuran el conocimiento que difunden. El análisis de las culturas de la ciencia refleja los procesos de regulación del comportamiento de sus practicantes fomentando estilos intelectuales que guían programas de investigación. La referencia a Helen Longino y al papel que el “background de asunciones”  juega en el marco de las comunidades científicas es central. Es importante también decodificar el lenguaje y la representación iconográfica de esas culturas científicas ya que éstas son las vías más efectivas para la trasmisión de estereotipos y de un universo conceptual en el que la mujer científica es considerada una extraña. Es necesario, finalmente, reconsiderar las definiciones de ciencia: hoy día no emplear el género como categoría de análisis en cursos y reflexiones sobre las diferentes disciplinas científicas puede ser considerado claramente irresponsable o anacrónico, en todo caso, incompleto o sesgado.

19 octubre 2014

EnGendering Technologies


La ciencia y las tecnologías han dado forma a nuestras sociedades globales, también a nuestras vidas y nuestras relaciones, de forma creciente en las últimas décadas. Al mismo tiempo, no debemos olvidar que los valores, roles y estereotipos en nuestras sociedades también contribuyen a dar forma a la manera en que utilizamos, diseñamos y producimos tecnologías. Tenemos que abordar esta influencia bidireccional desde la perspectiva de género ya que el uso de “género” como una categoría analítica nos permite avistar los sesgos y las claves de la construcción social de los sujetos de la ciencia y la tecnología.

No es esta una tarea nueva. Ya han pasado décadas desde los iniciales trabajos en ciencia y género que desarrollaron diferentes líneas y perspectivas y cuyas autoras: S. Harding, Helen Longino, E. Fox Keller, Ruth Bleier, Londa Schiebinger y, por supuesto,  Donna Haraway, entre otras muchas más, son ya ampliamente conocidas. Perspectivas que transitaron desde el empirismo feminista, a las perspectivas neomaterialistas y hasta las posiciones postmodernas y las ciberfeministas actuales que ponen el acento en la necesidad de una apropiación crítica de las tecnologías, que permita la participación de las mujeres y otras minorías en la generación de nuevos discursos, nuevos significados y cultura.